dale, papa, dale... Déjeme ir... Dame la mano y vayamos juntos de acá”, le rogaba. Vos me ENCERRASTE, papa. ¿Por qué? Vayamonos ya”, LLORABA, TEMBLABA.
Al menos por una vez no había quien viera SU DEBACLE., nadie podía ver las ojeras grises, el pelo enmarañado, la corroída porcelana de una muñeca rota.
Ella vomitaba ruego, al pie de la cama de una de las cuantas habitaciones del hospital.